La virtud transita por lugares elevados

A modo de curiosidad les diré que me he autopublicado. Bastante menos exacto, aunque sin duda mucho más euforizante, habría sido decir “he publicado un libro”, pero claro, sin haber detrás el criterio de una editorial, con su lector, su corrector, etc., me parecía un tanto atrevido. Por tanto, de los errores de redacción soy el único responsable; en cambio, si al final de este post clican el link y en la sinopsis que aparece en su navegador no hay acentos y faltan signos de puntuación, no me culpen de desidia, eso es cosa de la plataforma de autoedición Tagus. Les he puesto sobre aviso y tal vez lo corrijan.

Las dos fábulas que componen La virtud transita por lugares elevados son de poca extensión pero de considerable y premeditada espesura estilística que en caso de extenderse hacia la novela habría hecho su lectura solo apta para aquellos incansables adictos a la hipérbole. Si no les produce molestias la mofa del romanticismo, el esperpento y el humor negro, tal vez con los dos arranques de las fábulas pueda tentarles…

Oh! La Belle Luxerne. La Ciudad Real; ciudad de mítico esplendor donde el lujo ostentaba la categoría de huésped de honor de palacio y de las incomparables mansiones, tratado con mil atenciones, bien nutrido con las exquisiteces traídas de las más selectas boutiques de la Avenue des Lumières, donde los más grandes y renombrados artesanos competían en sus ateliers situados en las trastiendas, lejos del charme de los indiscretos escaparates, transmutando materias preciosas traídas de los cuatro puntos cardinales, lugares unos cercanos, otros recónditos de nombres viajeros, en maravillas de una belleza sin parangón. Pasear por la Avenue des Lumières: visitar el mundo elevado a quintaesencia por burbujeantes mentes preciosistas y ágiles manos virtuosas, destilado para que los espíritus sensibles lo saborearan con arrobada delectación, sin estridencias punzantes que pudieran lacerar sus suaves y rosados paladares exquisitos: qué más podía pedir la fortuna de los afortunados.

Ahí va el otro…

1984. Un viernes de invierno. El reloj de péndulo había cantado las once. No podía tardar. Doris toleraba las partidas de póker —Bob las llamaba timbas, aunque eran siempre los mismos cuatro amigos y sólo se jugaban unos cuartos— como desahogo de las innumerables responsabilidades del cabeza de familia de una familia sin hijos y sin el sucedáneo de una mascota. A Doris le encantaban los perritos, sobre todo el Welsh Corgi, el favorito de la Reina Isabel II, y la enorgullecía que no fuera una coincidencia forzada, hipócrita: ella realmente adoraba esa raza. Conocía a bastante gente alérgica a los gatos, animales que aborrecía, pero su marido era exageradamente alérgico a los perros. No sabía de nadie más que lo fuera.

Si se dejan llevar por un arrebato consumista pueden comprarlo aquí, sino también pueden comprarlo aquí. En otro caso, pueden hacerlo aquí. En cambio, si no quieren comprarlo cliquen aquí.

Antes de despedirme, permítanme que les muestre la portada que he diseñado.

La virtud transita por lugares elevados (Per alta virtus it)

Anuncios

Como titularían en Youtube: entro en una tienda y pasa esto…

Compras matinales. Decidí hacer algo emocionante, así que improvisé la adquisición de unas bolsas para el aspirador; la cosa no podía demorarse más de un puñado de minutos y estaba cerca de la tienda. Miele Gallery se llama, es decir, un lugar que, como en su web indican con gracia publicitaria, “acoge una elegante exposición de prácticamente la totalidad de nuestros electrodomésticos”. El mío ya no lo fabrican, pero como era el único de esos que llaman aspirador-escoba que había en su línea no había pérdida, y mientras se lo estaba explicando a una de las tres señoritas ella me interrumpió preguntando cuál era el modelo, con esa dejadez impersonal, burocrática: no es nada personal, pero no me expliques tu vida. Como no tenía ese dato lo único que pude hacer es proseguir con mi descripción del aparato, y cuando pude acabar confirmé por su expresión desangelada que no sabía de qué le estaba hablando, y empecé a tener la desagradable sensación de que saldría de allí sin las bolsas. Más información

Un invitado inesperado

Estaba releyendo, aunque más ajustado sería decir paseándome, por Noticias de libros, una recopilación de los informes de lectura que Gabriel Ferrater escribió para Seix Barral y Rowohlt Verlag entre 1961 y 1972, cuando me topé con Pablo Iglesias:

Griffin es un escritor del sur de los Estados Unidos, blanco y católico, que en noviembre de 1959 se tiñó la piel y vivió entre los negros. Este libro está compuesto de su diario, y es naturalmente una protesta contra el racismo y la segregación.

Todo muy simpático, pero lo malo es que Griffin está en un nivel absolutamente sub-literario, y que el libro es grotesco. El autor dramatiza su propio heroísmo con un impudor que deja atónito, extiende revoques de sentimentalismo de medio palmo de espesor, y en general hace todo lo que se permiten gentes de Time, el Reader’s Digest y la televisión (para todo eso trabaja Griffin) pero no las personas moralmente adultas.

Sería disparatado traducir el libro. [1]

Volví a evocarlo en la página sesenta y cuatro:

Esto parece un mal chiste, una historia de fantasmas profundamente ridícula. No quiero decir la novela, sino su autor. A juzgar por el hecho de que sus poesías reunidas están fechadas de 1935 en adelante, Mr. Braddock debe de haber nacido en torno a 1910, pero su punto de vista sobre la literatura y sobre la realidad es tal que hacia 1910 ya habría empezado a parecer caduco.

El resto del paseo ha sido apacible.


[1] Gabriel Ferrater, Noticias de libros, Península, 2000, p. 35.

En Francia todo el mundo parece tener ingenio y la razón parece bien simple: como todo es una red de contradicciones, la más ligera atención posible basta para hacerlas notar, aproximando dos cosas contradictorias. Ello produce contrastes del todo naturales que suministran a quien reflexiona el aire de un hombre de mucha sutileza. Relatar es ya trazar arabescos. Un simple cuentista se convierte en un bufón, tal como el historiador parecerá, en su día, un autor satírico.

Chamfort (1741-1794), Máximas, pensamientos, caracteres y anécdotas, Península, 1999, Cap. II, núm. 37, p. 43.

Una conexión

Ayer empecé The Son Also Rises de Gregory Clark. Al abrir la tapa me sorprendió un recorte de periódico que no recordaba haber dejado allí. “Hillary, Madonna y Jolie son primas”. Eso sí, muy lejanas. Las dos primeras en décimo grado, en “noveno grado y por partida doble” es el parentesco que comparten la política y la actriz. El recorte, de 2007, no está en este libro por casualidad. Leo en el prefacio:

The original intent of the Project was to extend conventional mobility estimates from the modern world into the distant past in countries like England and India. Thus, in the early stages of the research, I gave sunnily optimistic talks about the speed and completeness of social mobility. Only when confronted with evidence of the persistence of status over five hundred years that was too glaring to ignore was I forced to abandon the cheery assurance that one of the joys of the capitalist economy was its pervasive and rapid social mobility. Having for years poured scorn of my colleagues in sociology for their obsessions with such illusory categories as class, I now had evidence that individuals’ life are predictable not just from the status of their parents but from that of their great-great-great grand-parents. Indeed there seems to be an inescapable inherited substrate, looking suspiciously like social class, that underlies the outcomes for all individuals. [1]

El suelto no es una prueba, no demuestra nada, es tan sólo una conexión. Por ejemplo, el éxito de estas tres mujeres bien pudiera ser en alguno de los casos una cima genealógica que sería el principio de la regresión a la media, que en este caso debe entenderse como el índice que mide “the average rate at which families or social groups that diverge from the mean circumstances of the society move toward that mean in each generation” [2], lo que en España, tuteo, podría llamarse un “Rodrigo Rato”.

conexiones


[1] Gregory Clark, The Son Also Rises, Princeton University Press, 2014, p. X.

[2] Gregory Clark, óp. cit., p. 3.

Dos sobresaltos

20 de marzo de 2016. Estoy haciendo scroll en la web de Myfonts, buscando una tipografía, algo que aparentemente puede hacerse de forma relajada, con la guardia baja, abstraído del ambiente político, cuando, en aquel lugar inglés, me asaltan unas palabras en catalán… anticonstitucional, blasfemiable, caricaturescos, discrecionalitat, engatussador, fraccionament, grandiloqüència, hiperconjugació, indisciplinable. Creo que no es necesario traducirlas.

pona_display_by_tipografies

4 de abril de 2016. Tecleo “Catalonia” en el diccionario de mi viejo Mac, la versión 2.1.3 (80.4)*:

Catalonia |ˌkatlˈōnēə|
an autonomous region in northeastern Spain; capital, Barcelona. The region has a strong separatist tradition; the normal language for everyday purposes is Catalan, which has also won acceptance in recent years for various official purposes. Catalan name Catalunya ; Spanish name Cataluña

Resigamos la definición, a ver si llegamos a algún lado. Por lo visto la región posee una “fuerte tradición separatista”, así que la cosa viene desde las brumas de tiempos brumosos, pero nunca ha decaído, titánica erección sentimental. El uso del catalán es común, vulgar, para unos “everyday purposes”, una expresión que confunde asepsia con objetividad, y que puede ser cualquier cosa, incluso, siempre en un ambiente relativista, coartada. A estas alturas el sentido continúa desdibujado, y si seguimos del castellano sólo puede afirmarse que está en franco retroceso pues ni siquiera sirve ya para la burocracia. Según parece el llamado “pueblo” habría impuesto a la oficialidad el uso del catalán, nunca al revés. Y yo sigo perdido. Más que una definición es una indefinición que satisfaría al siempre esquivo, también con la legalidad, nacionalista catalán.


* La misma definición adorna una versión posterior del diccionario, la 2.2.1 (143.1) del sistema operativo Mountain Lion.

The most dramatic thing is the landing

The most dramatic thing is the landing. Once the astronauts know where they’re supposed to land, they push one of three buttons—marked Edwards, White Sands, and Kennedy—which tells the computer where the shuttle’s going to land. Then some small rockets slow the shuttle down a little, and get it into the atmosphere at just the right angle. That’s the dangerous part, where all the tiles heat up.

During this time, the astronauts can’t see anything, and everything’s changing so fast that the descent has to be done automatically. At around 35,000 feet the shuttle slows down to less than the speed of sound, and the steering can be done manually, if necessary. But at 4000 feet something happens that is not done by the computer: the pilot pushes a button to lower the landing wheels.

I found that very odd—a kind of silliness having to do with the psychology of the pilots: they’re heroes in the eyes of the public; every body has the idea that they’re steering the shuttle around, whereas the truth is they don’t have to do anything until they push that button to lower the landing gear. They can’t stand the idea that they really have nothing to do.

I thought it would be safer if the computer would lower the landing wheels, in case the astronauts were unconscious for some reason. The software engineers agreed, and added that putting down the landing wheels at the wrong time is very dangerous.

The engineers told me that ground control can send up the signal to lower the landing wheels, but this backup gave them some pause: what happens if the pilot is half-conscious, and thinks the wheels should go down at a certain time, and the controller on the ground knows it’s the wrong time? It’s much better to have the whole thing done by computer.

The pilots also used to control the brakes. But there was lots of trouble: if you braked too much at the beginning, you’d have no more brake-pad material left when you reached the end of the runway—and you’re still moving! So the software engineers were asked to design a computer program to control the braking. At first the astronauts objected to the change, but now they’re very delighted because the automatic braking works so well. [1]


[1] Extract from Mr. Feynman Goes to Washington: Investigating the Space Shuttle Disaster, a chronicle included in Richard P. Feynman’s What Do You Care What Other People Think? Further Adventures of a Curious Character (Penguin Books, 2007, p. 191).

“He tenido en mi vida la suerte de poder hacerlo”

Nunca he tenido conciencia de con quién estaba hablando. Siempre he estado preocupado por la física. Si la idea me parecía una porquería, sin el menor tacto decía que era una porquería. Y si parecía buena, decía que era buena. Sencillo.

Siempre he vivido de este modo. Es bonito, es agradable, si se puede hacer. He tenido en mi vida la suerte de poder hacerlo. [1]

Más información

Youtube está enamorada

Querido lector,

Le escribo estas líneas para hablarle de Youtube. Sí, puedo confirmarle los rumores que hasta usted han llegado: Youtube está enamorada hasta rebosar, incapaz de disimular, donde su llama prende el amor estalla en flor…

Deliciosamente desinhibida, no puede dejar de amar…

Y tanto ama, que algunas personas podrían llegar a considerar que se trata de un sentimiento ligeramente hiperbólico…

Lo que a esas almas tristemente desecadas, yermas de pasión burbujeante, les llevaría a sospechar que ese tesoro exhibido, cantado a los cuatro vientos con voz coquetamente atronadora, es oropel, a nosotros en cambio nunca nos hace dudar de que es un sentimiento puro, sincero, ecológico…

No se la oye muy bien, pero todo indica que dice sí, un sí que es como una caricia. Y uno admira incondicionalmente esa sensibilidad que en lugar chapotear en la falsa superficie hace brotar la respuesta de la incontaminada fuente primordial del sentimiento; y tan hondo es que cuando las aladas palabras consiguen llegar a nuestros oídos ya no son más que una dulcísima brisa primaveral. Y es precisamente esa ligereza la que, en lugar de desdecir, confirma el vero sentir. (Ah, he engarzado la frase con una melodiosa rima, prueba de que hasta un alma resabiada como la mía puede iluminarse con el fulgor emotivo que Youtube irradia y embellecer con purpurina sus productos fraseológicos.)

Sin embargo, en Youtube no todo es tierna hermosura irresistiblemente “achuchable”. Disney también tiene alcantarillas… pero como me dirijo a adultos, es necesario hallar un símil que no ofenda el desarrollo cognitivo que presupongo en mi amado lector, siempre alguien muy especial, exquisito, porque no podría ser de otra forma quien lee mi blog… y la Tierra Media su Mordor. ¿Se acuerdan de la segunda parte? Las dos torres. El abismo de Helm. Sí, esa escena en la que se destila la esencia de la vida… Allí refulgen los elfos admirablemente alineados en harmónica formación a lo largo del almenado de la fortaleza que domina la llanura desaparecida bajo la hedionda marabunta de orcos y otras criaturas desagradables. Los unos lucen una belleza perfectamente kitsch; los otros también nos incomodan con sus muecas de dientes insalubres que coronan gargantas emponzoñadas que escupen horrísonas disonancias guturales. Siempre hemos sabido quienes son los malos. Ahora, iluminadas nuestras mientes con este argumento irrebatible, llega el momento de presentarles a Casey Neistat, que entre otros defectos cuenta con el de ser un varón, un ser desagradable que pretende contaminar con aliento vil el rosado latido purificador de Youtube (ADVERTENCIA: este video, además de ser recitado en inglés, contiene un lenguaje de una crudeza no apta para espíritus sensibles)…

Cínico asqueroso. Ah, pero no podrá vencer. Somos demasiados. Somos indestructibles.

Les quiere, incluso mucho,

Entreventanas

Los espárragos de Manet

manet_asperge

“Charles le compró a Manet una de sus extraordinarias naturalezas muertas, unos espárragos que irradian en la penumbra un resplandor rosa o alimonado. Es un manojo de unos veinte. Manet pidió ochocientos francos por la obra, una suma considerable, y Charles, ilusionado, le envió mil. Una semana después, Charles recibió una tela pequeña firmada con una sencilla M. Era un solo espárrago, en primer plano, sobre una mesa, y lo acompañaba una nota: ‘Parece que éste se soltó del manojo’.” La página ochenta y ocho de La liebre con ojos de ámbar me entretiene con esta plácida anécdota; cuando llego a la ciento noventa, de Waal escribe sobre su entonces todavía joven bisabuela Emmy y los periódicos: “Hoy lee la parte inferior del Die Neue Freie Presse, el folletín diario. / Por encima de la raya divisoria está la información […]. Debajo viene el folletín. Cada día hay un ensayo de frase cautivante y sonora. Puede ser sobre una ópera o una opereta, o sobre un edificio en particular que está a punto de ser demolido. Puede ser un arcón de recuerdos sobre personajes típicos de la Viena de antaño. Frau Sopherl, la vendedora de fruta del Nachsmarkt; Herr Adabei, el chismoso, comparsa de una ciudad Potemkin. Allí está todos los días, suave y narcicista, enlazando una oración en filigrana con otra, con adjetivos dulces como pasteles de Demel. Herzl, que había empezado escribiendo ese género, dijo que el folletinista se había ‘enamorado de su propio espíritu’, y por eso había perdido ‘cualquier patrón para juzgar a los otros’. Y un ve cómo sucede. Qué perfectos son: los riffs de humor, la mirada somera sobre Viena, el atisbo. En palabras de Walter Benjamin, ‘modos de inyectar experiencia—por vía intravenosa, por así decir—con el veneno de la sensación… El folletinista hace de esto un relato. Vuelve la ciudad extraña a sus habitantes’. En Viena, el folletinista devuelve la ciudad a sí misma como perfecta ficción nacionalista”, y, como ya me ha sucedido antes, tengo un inesperado sobresalto, el desagradable escozor de la recidiva, y pienso en el relato que han escrito, durante más de veinte años, sobre Cataluña, peligroso folletín sin esprit. Esa ausencia de raya divisoria en los periódicos. “Miles de catalanes están empeñados en convertir cada Diada en la mayor movilización democrática de la historia de Catalunya, quizás de Europa, y ayer lo hicieron por cuarto año consecutivo. Una demostración meridiana y constante en el tiempo de una voluntad inequívoca de avanzar hacia la independencia. Un colorido mosaico humano de más de cinco kilómetros, tantos como una carrera de fondo hacia el 27­S, recorrió la avenida Meridiana, entre Sant Andreu y el parque de la Ciutadella. “Venim del nord, venim del sud, de terra endins, de mar enllà…”, rumba catalana y Els Segadors…” La Vanguardia, sábado, 12 de septiembre de 2015.

Podemos…

Escoja la opción que considere correcta:

A.

B. “La negativa a reconocer la naturaleza humana es como la vergüenza que el sexo producía en la sociedad victoriana, y aún peor: distorsiona la ciencia y el estudio, el discurso público y la vida cotidiana. Afirman los lógicos que una sola contradicción puede corromper todo un conjunto de afirmaciones y con ello hacer que se extiendan las falsedades. El dogma de la inexistencia de la naturaleza humana, vistas la pruebas científicas y del sentido común que avalan su existencia, no es más que una de esas influencias perniciosas. […] [L]a negación de la naturaleza humana no sólo ha enrarecido el mundo de la crítica y los intelectuales, sino que también ha perjudicado la vida de las personas corrientes. La teoría de que los hijos pueden ser moldeados por sus padres como se moldea la arcilla ha propiciado unos regímenes educativos artificiales y, a veces, crueles. Ha distorsionado las posibilidades con que cuentan las madres cuando tratan de equilibrar su vida, y han multiplicado la ansiedad de aquellos progenitores cuyos hijos no se han convertido en lo que esperaban. La creencia de que los gustos humanos no son más que preferencias culturales reversibles ha llevado a los planificadores sociales a impedir que la gente disfrute de la ornamentación, de la luz natural y de la escala humana, y ha forzado a millones de personas a vivir en grises cajas de cemento. La idea romántica de que todo mal es un producto de la sociedad ha justificado la puesta en libertad de psicópatas peligrosos que de inmediato asesinaron a personas inocentes. Y la convicción de que ciertos proyectos masivos de ingeniería social podrían remodelar la humanidad ha llevado a algunas de las mayores atrocidades de la historia.”

Steven Pinker, La tabla rasa, Paidós, 2012, p. 15.

C. “Son pocos los logros, grandes o pequeños, que no dependan en mayor o menor grado de que la persona que los busca crea en sí misma, y es muy probable que los mayores logros dependan de que esa persona sea no ya optimista, sino exageradamente optimista. Creer que uno es Jesús no es una buena idea, pero creer que uno puede llegar a ser un jugador de la NBA o, como [Steve] Jobs, resurgir de la humillante derrota de ser expulsado de su propia compañía, o ser un gran científico o escritor o actor o cantante, puede ser verdaderamente beneficioso. Aunque no acabe siendo cierto en los detalles de lo que se consigue, creen en uno mismo es, en último término, una fuerza positiva en la vida. Tal como dijo Steve Jobs: ‘No se pueden atar los cabos mirando hacia el futuro; solo se puede cuando se mira al pasado. Así que tienes que creer que, de algún modo, todo acabará encajando en tu futuro’. […] De hecho, hay estudios que muestran que la gente que tienen una percepción de sí misma más ajustada a la realidad tienen tendencia a la depresión moderada, sufren de baja autoestima, o las dos cosas. Por otro lado, una autoevaluación excesivamente positiva es normal y saludable.”

Leonard Mlodinow, Subliminal. Cómo tu inconsciente
gobierna tu comportamiento,
Crítica, 2013, p. 267.

D. Ninguna de las anteriores.

No avalarás…

Cuando era un niño, mi padre veía como algunas personas salían llorando de la notaría. Preguntó por qué, y la respuesta acabó fraguando en una norma, estricta, que la vida ha demostrado hasta hoy indestructible: no avalarás. Nunca. Ni a un hermano, ni a tu mejor amigo, ni… En resumen, no avalarás.